Día 1.
¡Dónde está la vida sino dentro mío! me dije firmemente mientras contemplaba las ruinas de aquellas batallas que, sin conciencia, con poco aliento, ya sin fuerzas, hicieron de mí, la enardecida pluma que ahora redacta.
Tenía apenas once años cuando descubrí que, “llorar en la mente” para cubrir la fragilidad del corazón, para simular la apariencia de lo endeble, me revelaría que escribir es liberar.
Redacté en aquel Jean Book que aún puedo palpar en un pensamiento, olerlo si me esfuerzo, una dinámica escolar; la instrucción consistía en escribir lo más importante del día, especificar aquellas actividades que durante un día común una niña de sexto año de primaria realizaba con la familia, consigo.
Recuerdo pasar al frente del grupo, tomar mi cuaderno con mis dos manos y con aquella voz chillona y peculiar, pero segura de sí, narrar lo que, entre diversos hechos, resaltaba un regaño de mi padre.
“Estaba tan triste, tan impotente de que papá me llamara la atención de esa manera, yo no tuve la culpa, lo juro… no me quedó otra opción más que llorar, pero no, no lloraba a llanto vivo, yo estaba llorando en mi mente. Porque, aunque ustedes no lo crean, una tiene la capacidad de llorar en la mente cuando no puede invitar a las lágrimas a la escena del regaño, de la humillación. Llámenlo ustedes orgullo, yo le denomino valor”.
Las carcajadas no se hicieron esperar, mis compañeras, compañeros y por supuesto la simpática monja que nos acompañaba en aquel curso de un colegio católico, tradicional y revelador, no pudieron contener el asombro ante el simpático e histriónico acto de mi lectura.
Fue ahí donde comprendí que la vida, tan severa a ratos, tan permisiva los domingos, tan buena conmigo, me había obsequiado el hermoso regalo de la creatividad, de la espontaneidad, de la expresión… de la escritura.
Continué escribiendo, las escenas de interpretación ante el grupo se volvieron constantes, el público esperaba ansioso la dinámica de redacción y lectura, pues aquella asignación escolar buscó en primero momento, invitar al alumnado a la procuración de una buena gramática, de practicar la buena ortografía, de prepararnos ante el desafiante esfuerzo de la escritura en secundaria; en aquél entonces, una se valía de lápiz y papel, la computadora y su autocorrector era inimaginable en aquél pueblo alejado de la avasalladora tecnología de estos días.
Ese protagonismo tan mío, tan inocente, me dio la seguridad que años después perdería en el amor y la ilusión, en la adolescencia, en la indecisión. Pero entonces fui feliz, porque escribía, porque leía, porque actuaba, porque era… completamente yo.
llegó la pubertad, y con esto, las dudas, los enigmas y los aprendizajes. Y entre el viento de una vida que juega, que abraza, que baila entre experiencias y decisiones, llegó Candy a mí existencia.
Un año mayor que yo. Proveniente de la tierra de la frontera norte, espíritu viajero, libre, que llegó hasta al sur de un país tan fracturado como su alma joven. Me invitó a palpar lo que entonces no comprendía, muchas cosas que a la fecha, sigo sin comprender.
Su olor a vainilla, su estridente voz, su piel pálida y sus sueños rotos, hicieron de mí, una adolescente endeble, frágil, una pluma que expandía su tinta en los grandes enigmas del por qué.
Cierro mis ojos y viajo a aquél 2007 que aparejó risas, nuevas sensaciones, la formación de una identidad errante y valerosa. Fui feliz entre tantas ruinas, pues aunque yo no sabía qué era lo que hoy denomino “el alegórico oficio de vivir”; a pesar de vivir con ataduras endémicas, me acompañaba un padre y una madre que afrontaron conmigo, con sus pocos recursos y con un entrañable amor, lo que sería la primera gran prueba del vivir y trascender.
Febrero de 2008, conocí a mi primer amor, para entonces la habilidosa pluma no había decaído en valiosos intentos por demostrar mi empedernido espíritu romántico. Y mientras el amor y el desencanto me acompañaban, Candy me enseñaba lo que eran las vicisitudes del vivir. Su madre falleció de cáncer meses atrás, no recuerdo exactamente la fecha, quizá nunca la pregunté, o probablemente han pasado tantos años que he omitido recapitular eventos como ese; engañada para afrontar la muerte a la distancia, se enteró del deceso mientras esperaba por ella en aquél pequeño pueblo que juraba cobijarlas.
Mientras abrazaba a Candy, su realidad y todas nuestras emociones, la pluma suspendida en mi interior, avivaría lo que más tarde sería un seudónimo revelador.
Llegó aquél día, en el que, después de dormir juntas en casa, nos separaría un martes con la promesa de nuestro encuentro en miércoles de ceniza.
Para mi infortunio, o quizá para mi alivio ulterior, arribaron los días del cansancio, del período menstrual, de los dolores insoportables. No fui a misa.
No fui a nuestro planeado encuentro, pero al cabo de la noche llegó la noticia, la llamada… nunca más la volvería a ver sonreír.
El día que Candy murió, el día que ya no quiso saber más del alegórico oficio, nacieron proezas que aún no logro descifrar, pero que, al cabo del transcurrir del tiempo, he abrazado, he padecido, he agradecido, incluso las he nombrado.
La de la mancha, la chica de la mancha. La escritora que pareció nacer con aquél “llanto en la mente”, verdaderamente emergió el día que, antes de partir al sepelio de su mejor amiga, decidió tocar una computadora de escritorio, ahora obsoleta, y escribir lo que sería, la primera poesía que ahora se encuentra perdida en los recuerdos del presente, en los acuerdos del pasado.
Mi dulce, mi Candy (…)
Pasaron meses y seguía escuchando su estruendosa voz, continuaba oliendo en las ráfagas de un viento vacío y triste, su perfume de vainilla. Pero apareció aquello que parecía invento, aquello que nadie creía posible, la mancha en la frente. Aquel lunar que me recordaría, quince años después, que aquel miércoles fue un miércoles de ceniza, y yo no le dije adiós.
Somos símbolos, somos señales, somos el producto de circunstancias y decisiones. Somos el resultado de lo que, aún vivido, atesoramos en la memoria. Lo que, aún anhelado, permanece en la impetuosa decisión de recordar.
Y entonces, años después de aquél fragmento que me llevó a ella, de aquello que ha sido, mi transitar por las letras, por la vida, he de compartir con el mundo, con este mundo avasallador que:
“Escribo mucho porque prefiero vivir a versos que morir de tanta vida”.
Y soy, la chica de la mancha.
