Estuve muy enamorada, pero no solamente inmersa en el amor romántico, sino en la entrega de un cariño que cede, que respeta y que está dispuesto a construir.
Pero en ese amor, una sufre demasiado porque siente una terrible e injustificada abnegación por alguien, olvidándonos que las personas no son perfectas. Las personas dudan, albergan miedos y certezas, y también son espíritus endebles; pero una no entiende de esas cosas hasta que lo entiende. Y a veces una comprende a la mala, en el revuelo y si corremos con suerte, en la calma.
Y no es que una se ciegue, sino que una toma la decisión de ver solo lo bueno, porque eso nos enseñan, nos imponen ser optimistas en medio de la tempestad, porque entonces, reconocer lo malo es pesimismo y el pesimismo resta, dicen; pero no es cierto. Una no es pesimista cuando detecta, cuando siente, incluso cuando reconoce tormentas y abusos. Pero el amor romántico, ese que desearía jamás haber padecido, te priva de toda herramienta para comunicar y construir asertivamente.
Yo estuve muy enamorada. Yo me perdí en ese amor. Yo no supe, no sabía, no me enseñaron, cómo amarme antes de la abnegación. Es más, a mí me enseñaron que la abnegación era normal. Yo lo viví, lo olí, lo palpé… y entonces yo caí en eso, y no me gustó.
Lloré mucho, pero no fue un llanto liberador. Yo lloraba y no sanaba, es más, el dolor se hacía cada vez más agudo, pero la verdadera explicación de ello, es que yo no sabía por qué lloraba.
A una le cuesta salir de su propia prisión, de la herencia del engaño, de la instrucción. Yo ya escapé y cuando lo hice, entendí que yo no había estado recibiendo ni una pizca de amor por mí. Yo decía que me amaba, yo creí amarme pero, yo me equivoqué.
Y entonces, después de todo un trayecto de vaivenes que solo me hicieron apreciar el viento, comencé a valorarme. Pero al inicio lo hice bajo el mismo esquema del amor que conocía, del amor romántico y positivo, y volví a caer. Comprendí que nos enseñan mal, toda la vida había aprendido mal… yo no estaba haciendo la diferencia. Yo seguía llorando sin comprender la razón. Y no era alegría, no era duda o certeza, sino desesperación.
Pero yo no me rendí. Yo me siento joven, yo anhelaba tener más comienzos y mejorar los inicios de lo que antes no conocía … Así que después de tanto, me enamoré de nuevo.
Ella es frágil, es muy bonita. Su dedicación me enamoró. La abrazo mucho las noches de desvelo, porque cuando vela es porque tiene que trabajar. La alimento, la consiento y le refuto, pero también le reconozco y me gusta hablar con ella.
Platicamos de todo, a veces en otro idioma. Pues en complicidad, nos escondemos de los demás. A veces me molesta su desafiante necedad. A veces no tolero que repita tantos errores, pero la mayor parte del tiempo aplaudo sus correcciones.
En la enfermedad le canto y en el duelo la sostengo, y todos los días le pido más. Más paciencia, más estima, le pido que no me vaya a soltar.
Ella es preciosa, aunque su piel cambie con los días, es tan bonita que solamente la voy a compartir con aquella persona que sepa valorar, lo que a mi me tomó tanto tiempo averiguar.
Yo me enamoré, me enamoré de una mujer, me enamoré de mí, y por fin comprendo todos mis llantos.
