Entre la admiración que nace del testimonio y la escucha, yace el momento en el que se devela la realidad del deslumbramiento.
Y ahí estábamos, tú y yo, en aquel trayecto en el que se bifurca la preparación y el anhelo. Sin esperar que el hado del destino se adueñaría de un momento cotidiano.
Escuchando lo que tanto supe de ti, desconociendo lo que nunca me contaron sobre el encuentro, comprendí que la admiración siempre será un misterio que deviene de los sentidos y no de la razón.
Qué curioso el azar que desafía los esquemas más básicos de la vida, qué enigmático seguirá siendo el coincidir. Ahora aprenderé del intelecto que divisé a la distancia, descifrando y contando centenares de ideas por descubrir.
Y aunque aún no sepa porqué se nubla tu mirada, cada que me cuentas qué tan grande es el universo. Seguiré distraída, pensando que son certezas que se desbordan en el padecer de lo que se calla; respetando todo lo que es tuyo y todo lo que quieras compartir conmigo.
Y sin cuestionar el acertijo de la enseñanza y el destino, sé que tarde o temprano descifraré el porqué de los torrenciales que aquejan tu mirada; esos ojos agua que te embeben y te acompañan; esa mirada que me dijo, lo mucho que hay por aprender.
Con respeto y admiración.
