Cuando se acepta la fragilidad con la que se nace y se advierte la realidad convulsa en la que se vive, se asume también la necesidad del cuidado y del aprendizaje.
Cuando se asimila la grandeza con la que se transita y en ese andar se genera humildad, se comprende también el poder del amor y la compañía.
Y es así como, con la fragilidad y la grandeza de la vida, que el camino se comparte y se venera, con pasos que se generan con el andar de otras personas.
Y sólo así, en la conjugación del deseo y la fortaleza, del reconocimiento y del amor, es que el cuidado aparece en los brazos que nos enseñaron a expandir nuestras ancestras.
Todos los lugares donde coloqué a personas, invasoras de los sueños y la libertad, fueron espacios que cedí sin cuestionar, privandome de lo propio y su intimidad.
Pero sólo cediendo y después recobrando lo que me pertenece, es que decidí nuevamente elegir sólo aquellos brazos que no exijan ni clamen, un cariño rebelde y pueril.
Y fue así como, por cuidarme, encontré en el camino a alguien que me cuida aún más, a quien sin envidia, sin engaño, sin recelo ni obstinación, hace de mí para él y de él para mí, la mejor combinación.
La admiración se apoderó de nuestros impulsos, y aunque la prudencia a veces encuentra su fuga, es el cariño y el respeto, los momentos y la conexión, lo que nos llevó a un abrazo profundo, a aceptarnos sin vacilación.
Por cuidarme, Nicolás, te entrego los restos de mi corazón,
Que, aunque trozos, son profundos, lo más sincero de lo que soy.
