Mi mochila Lina

Víctor me preguntó, qué presente tendría que obsequiarme en navidad

Y yo, valiéndome del deseo, del necesario deseo del objeto, le contesté que quería una mochila.

Víctor, en una nobleza sin precedentes, bajo un desinterés movido únicamente por el dar y la satisfacción de hacerlo, me preguntó cómo deseaba mi mochila, y entonces la descripción tomó ruta, colores y figuras.

«Que sea discreta, pues recuerda que mi espalda es pequeña y encorvada

Que en sus linderos tenga un reposo viajero

Que a pesar de pequeña sea espaciosa, pues tendré que echar hasta la memoria en ella

pero sobre todo, Víctor, sobre todo, deseo que mi mochila sea de un color especial,

oscuro, para que no se ensucie durante el viaje, pero que no sea negra, si es oscura que sea azul, azul marino, pero si no es así, que sea de ese guinda o marrón elegante…

De todo, Víctor, el color, el color es lo más importante de todo.

Se llegó navidad, y con ella, la inmensa alegría de lo anunciado. Después del abrazo vino el arrebato, el mío, por supuesto. Pero ahí estaba, el tremendo bulto hecho felicidad.

Y las ansias y la espera, y la emoción y todo, me permitió desenvolver el obsequio de Víctor Manuel.

Pero no, no era de aquél oscuro deseado, la mochila era una preciosa señora de color lino, y la amé y amé a Víctor y el esmero de su amor y complacencia, pero la mochila no era oscura. Era bella sí, tan bella que daba más claridad en su color claro…

Y ahí estábamos doña Lina y yo, mirándonos de frente y de lleno, dándonos una oportunidad al absurdo deseo del viaje y de la rudeza, y por más que intenté, no pude, no me atreví a darle a Lina, el abrupto trato del ajetreo y del tacto.

Cuánta hipocresía tuvo mi sonrisa, o quizá realmente estaba feliz, Víctor me ama y ama mi sonrisa y yo simplemente sonreí.

Qué bella mi mochila, me repetí durante la noche, intentando convencerme de la idea de su propósito y su valor real, y amé a Víctor y nunca hubo un reproche a pesar de que el reproche vino a mí.

Nunca me atreví a decirle algo, pues el amor y el detalle no se cuestionan ni se reclaman, así lo aprendí y me lo repetí constantemente. No vacilaré en las banalidades del deseo y en el detalle que existe al amar.

Agradecí a Víctor la distracción de su escucha y abracé de él el gesto de su amor, ahora Lina me acompaña toda sucia, recordándome el secreto de la minimización.

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