En la tormenta cruzan los ojos negros de la tranquilidad y la complicidad.
Mientras el cuerpo tiembla y busca su estabilidad, aquella tez morena espera atenta a la señal de auxilio y desesperación.
Cobijar, cuidar, permanecer. Aproximar el alivio y la mirada que calma lo que solo los vientos, el recuerdo y las alturas estremecen en mi mente y cuerpo aterrado.
Las diosas de los aires, de las nubes y las tormentas, bendigan tu entrega y servicio. Así como el agua que calmó mi ansiedad y que tuviste a bien brindarme para abrazar mis instantes de desesperación.
En la primera ocasión, las margaritas que rodeaban mi brazo derecho yacen ahora en algún sitio tuyo, y en el segundo encuentro, me adueñé del nombre que te acompaña.
Por tu mirada, escondida debajo de esos dos cristales, Nadia, y por la empatía de cuidar de mí en más de una ocasión, gracias y buen viaje siempre.

