Alientos que descansan en la satisfacción o en el placer,
manifestaciones de reposo que despojan del cuerpo el abrumo o la desesperación,
en ellos caben las historias de alivio, de cariño o desenlace,
y mientras estos existen como paz para el alma
poco se habla de aquellos que aparecen en contraste como frustración,
los suspiros que albergan en su esfuerzo el yugo del castigo y la desaprobación.
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Cada que el cansancio alcanza, cuando la vida pesa, cuando la vida pasa,
un alarido quiere salir del cuerpo en forma de ruido o en forma de abrazo,
y lo verdaderamente lamentable es cuando la complicidad se disipa, y el dolor cae en el cobijo equivocado,
cuando ante la urgencia y el llanto, nuestro dolor solo se encuentra con suspiros que aumentan el quebranto
y la impotencia aflora, y la ansiedad persiste, en infructuosos caminos que desembocan en desencanto.
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Ante suspiros extraños e historias ajenas,
la única forma de escapar del aprisionamiento
será valerse de suspiros propios, que terminen con el lamento.
