Apología a la falta de otredad.
Las escucho, a todas las escucho, las escucho con tanta atención que me pierdo en laberintos de reflexiones que no encuentro conmigo. Aunque no parezca, Las escucho detenidamente y por más que me detengo y amplío la mente, no logro comprenderlas, no logro empatar las pretensiones que mueven sus palabras. Esos deseos que, tras escondidos por un tiempo, imploran desesperadamente ser disparados a través del habla, la exigencia de la escucha y muchas veces desde el deseo de la imposición.
Escucho a mis colegas, a las personas que amo y también a quienes detesto en el cotidiano. Escucho en la cátedra, en el andar, en la discusión, en el placer y también en el aburrimiento.
Escucho voces desde el interés, desde la compasión y muchas veces, desafiando la indiferencia. Pero al final, la atención invade mis sentidos, o quizá es el ánimo de ser piadosa; no con ellas, conmigo, porque ser buena persona también es un propósito de vida, aunque estoy muy lejos de esa pretensión.
Y al escucharlas las encuentro dementes y equivocadas, la admiración y el interés parecieran esfumarse o contrariarse con el raciocinio y la empatía, y a veces me hundo en ideas que me resultan precarias y eternas, ideas que se ven envueltas en mi asombro y desinterés.
Algunas veces, porque también sucede, las encuentro acertadas y valiosas, por supuesto, a mis ideas y pretensiones, y esto es pernicioso, es maligno, pero también humano.
Y cuando encuentro palabras valiosas o afines a mis frustraciones y tragedias, ideas que me asombran y me atrapan, comienzo historias bastas, ficticias e infames, muchas amistades. Que cuando bien van, perduran, pero en el mejor de los casos, se esfuman con el tiempo.
¿cuál es el límite de la empatía? ¿cuándo inicia la solemnidad de la escucha y el cariño? No soy perfecta, tampoco suficiente, las pretensiones del mundo son infinitas y mi capacidad y mis ganas, todas ellas son tan cortas y ajenas. Padezco de demencia cuando quiero solucionar el mundo unos segundos, me ahogo en abrumo y sigo en la superflua idea del futbol, de la música y la compra.
El mundo llora ante el sufrimiento, yo lloro porque amaneció y porque camino con mis viejos, porque me acuerdo del desamor o porque leo un buen libro. Lloro ante la preocupación, ante el estrés y el cansancio, pero también al ver los ojos perfectos de Emilio o las pecas envejecidas de las manos de mi padre. Lloro cuando me abraza mi madre o cuando termino una clase que detesté.
Pero los lamentos que mis congéneres claman, sus quejas y sufrimientos son sinsentidos para mi mundo, pues muchos de ellos critican, lastiman o juzgan; y cuando reflexiono conmigo, comprendo que su crítica lastima mis propios intereses.
Circunstancias, decisiones, momentos inexactos y profundos, infortunios y aciertos que han marcado nuestra realidad. A veces nuestras, a veces de otras, somos el producto desafiante de lo que el mundo ha hecho de nosotras. Y al final, no es lo que una es, ni lo que una quiere ser, sino lo que se trabaja al ser.
Y me duele, te juro que me duele que su dolor no sea el mío, y te juro que me alegra, que me alegra que su alegría no sea la mía, porque, ¿cómo ser de ellas, para ellas, sin el interés y sin el beneficio? ¿cómo me pides que sea de ellas, que sea para ellas o sea contigo, si de eso nada soy? La vida me ha enseñado eso, a ser de mí para mí lo que no soy con nadie más, y a no compartir si no comparten conmigo. Esto para no sufrir, aunque termine desafiando los postulados aprendidos.
Por eso escucho, escucho con ganas y con lo que soy, pero no, no me pidas que la escucha se transforme en la realidad que no palpan mis sentidos. Ni lástima ni compasión, solo racionalidad que no involucra ni la más ínfima indiferencia, pero tampoco un gran interés. Mi escucha es asertiva, pero me ahorro la opinión, ni a ellas les interesa, ni a mí me place. Creo que al igual que a todas ellas, estoy cansada de que seamos muchas, diferentes y que nadie nos comprenda.
Los años ablandan las emociones, pero también el ánimo desafiante de la disputa, y yo, sin ser vieja, estoy cada día más cansada de escucharles.
