Desde hace tiempo que no escribo. Ni siquiera es porque haya perdido el interés, las ganas o el olvido se haya apoderado de mi amor por las letras; simplemente me he visto inmersa en el castigo del trabajo y la rutina acelerada. Por mucho tiempo critiqué la era de la inmediatez sin saber que estaba siendo fiel compañera de la precaria idea de la modernidad y víctima de lo inmediato.
Pero, desde hace días decidí hacer una pausa. Sentí la inmensa necesidad de comenzar la travesía que más me fascina: embarcarme en el mar de las sensaciones y la redacción. Quise volver a encontrarme porque desde hace tiempo yacía perdida, sin ánimos, sin nada, solo con trabajo, con dudas e indecisiones. Así que decidí embarcarme nuevamente a lo mío. Sí, me volví a enamorar.
Me permití volver al inhóspito rincón de lo incierto. Hablé conmigo, muy poco, pero mi cuerpo cansado se reveló; así que decidí enamorarme, no de un hombre, no de una mujer, no de mí, sino de una idea. Enamorarse de una idea es peligroso, las ideas son intangibles, inciertas, a veces endebles.
Esta vez decidí enamorarme de la curiosa idea que sembró Esteban en mí. Esteban es un viejo amigo, lo quiero, sí, lo quiero mucho y sé que él me quiere a mí; y aunque últimamente no hablamos tanto como yo quisiera, aquél día me habló de una idea buena, inteligente, creativa. Yo, distraída con el trabajo y una rutina que no me fascina, escuché de la idea, y puedo asumir que, en esta ocasión no fue amor a primera escucha, pero debo de aceptar que, la mística forma en que Esteban me narra la vida hace que todas las ideas que surgen de nuestras conversaciones queden impregnadas en mi mente. De alguna forma, se adhieren a mí, y cuando destino tiempo para escuchar y pensar lo que realmente importa en la vida, es cuando esas ideas comienzan su revolución.
A esta idea le llamaremos «Desiderato» porque más que alguien, Desiderato es algo. Un trayecto, un indicio, quizá algo que se vuelva nada, o quizá es nada que, con el paso del tiempo se convierta en condena.
Desde niña he convertido las palabras en una curiosa y a veces novedosa composición. Unir nombres, letras, significados; el lenguaje me resulta una fascinante herramienta de creación, de cobijo y de complicidad. Jugar con las palabras, apropiarse de ellas, destinarles significados propios, compartidos… no conozco una forma más fascinante de complicidad consigo, que hacer del lenguaje un arma de amor y de confabulación con nuestras pasiones.
Pero esta vez «Desiderato» vino a mi mente al intentar pensar en secreto. Mi mente a veces juega conmigo, y «Desiderata» es un poema escrito por Max Ehrmann en el siglo pasado, y aunque en esta ocasión la razón vaciló con la memoria y los significados, tuvo mucho de acierto cuando pude vincular esa inmediata respuesta de llamarle «Desiderato» a lo que estos últimos días he concebido desde la paz.
Al salir de clase, me encontré con Esteban, eso sucede rara vez; sinceramente desconozco los horarios del buen Esteban, pero fue ahí donde introdujo por primera vez la novedosa y desiderata idea de la atracción.
Estaba triste, yo. Esteban por lo regular siempre se le ve feliz, aunque eso realmente no lo sé. Esteban y yo hablamos de nuestro sentir, antes lo hacíamos más porque trabajábamos juntos, y aunque ahora no hablamos tanto, sé que siempre se toma las cosas con muchísimo optimismo. Esteban es, cuando menos treinta años mayor que yo, así que, entenderán que si no es feliz, por lo menos tiene paz; y no encuentro mayor satisfacción en la vida que albergar tranquilidad donde sabes que hubo mucho ruido. Tampoco quiero asumir que conozco todo de Esteban, esa nunca ha sido mi pretensión, ni siquiera esta misiva tiene el propósito de centrarnos en ello, pero el punto es que yo estaba distraída, abstraída por un montón de cosas que tampoco forman parte de la intención de estas líneas.
Esteban iba con un amigo, se llama Adrián León, ahora lo sé. Nos presentó muy rápido, sin formalismo pero también sin tiempo. Recién lo referí: yo estaba triste y distraída; pero además, Adrián León tenía unas gafas oscuras, no hay cosa que me moleste más que no poder tener contacto visual con alguien. A ver, no pretendo fanfarronear ni mucho menos idealizar el encuentro, pero algo que es cierto, es que he aprendido a presentarme con la mirada. Esa «ridícula» frase de que los ojos son el espejo del alma, tiene en todas sus letras completa verdad. Yo no vi los ojos de Adrián León; probablemente él tampoco vio los míos. La tristeza encoge la mirada y muchas veces la arrastra por empedrados donde lo único que la levanta es el petricor de los días donde entre las rocas, transita un poco de esperanza hecha lluvia.
En fin, cómo definir el encuentro con Adrián León, sino como un inhóspito, inusitado e irrelevante momento… caray, esas gafas. Por eso dije, no fue amor a primera escucha y es que, no recuerdo bien si lo de Adrián León realmente ocurrió.
Lo que sé es que no ocurrió con la mirada, no con los sentidos, que en ese momento estaban vacíos, inertes.
Más tarde hablé con Esteban sobre otros temas, otras rutas, él refirió a Adrián León, aunque honestame no lo recuerdo bien…
“Una camina,
Muchas veces anda,
Cansada, cabizbaja…
No se da cuenta de todo lo que transita a la par de su congoja,
Muchas veces dejamos ir la vida,
Así como dejamos pasar el encuentro,
Porque la vida tiene todos esos pequeños detalles que,
muchas veces dejamos escapar”
Hay cierta calma en el misterio.
