Después supe que las gafas albergan memoria. Sí, observan y recapitulan, las gafas de Adrián León graban.
Pero ese dato, honestamente no es el más revelador.
Al hablar con Esteban, al ponernos al día, al divagar entre historias, memorias y un par de carcajadas, éste se encargó de construir un relato formidable sobre Adrián León. No cabe duda: detrás de una máscara, de una mirada cabizbaja, incluso detrás de unas gafas oscuras se alberga lo verdaderamente importante: el ser. Pero, ¿quiénes somos? ¿qué nos define? y más importante: ¿somos lo que somos en la percepción ajena?
Hablar con Esteban me libera, pero también me da perspectiva, no doy por hecho lo que él piensa o sabe de la vida, de las personas. Tampoco sus reacciones me adoctrinan, muchas de sus travesías me inspiran, me calman; otras me preocupan o me alertan. En algunas ocasiones descubro el engaño o el maquillaje de sus pretensiones, terminamos riéndonos porque, con el tiempo he desarrollado la astucia de pescarlo entre vacilaciones.
Sus mentiras no son malas, ¿qué es maldad? sus engaños suelen ser persuasivas formas de acomodar la realidad, de darle un sentido más optimista o menos catastrófico a la vida. Sus mentiras sanan, aunque sea un instante, son complacientes, muchas otras irrelevantes. A veces siento que Esteban no comprende lo que un comentario puede generar en las mentes ávidas de intensidad y de histrionismo, de todas las misivas que sus alteraciones pueden inspirar.
Justo lo atrapé en una de esas «inofensiva» pero poderosa transformación de la realidad: «me dijo que ni lo pelaste». Esta frase, además de ser una arraigada forma de decir que una ignora algo, alberga muchos significados, todos ellos erróneos. El mayor error es la contundente afirmación de algo que es completamente falso, para ello, tendría que hacer todo un ensayo de lo que significa «ignorar», ¿con qué intensidad, o con cuánta atención una puede adentrarse en alguien que lleva gafas negras? sin embargo, eso no significa que el momento pase desapercibido o sea irrelevante.
Sugerí a Esteban que no dedicara tiempo en intentar convencerme de algo que no existe, y entre risas y silencios, no logré entender si aquella frase era verdad, o era un afanado invento más por que la congoja que me vengo cargando, se transforme en nuevos comienzos. Honestamente decidí no mostrar interés porque, cualquier manifestación de la curiosidad puede ser un aliciente para que Esteban comparta con otros, afirmaciones e interpretaciones inciertas.
Me limité a hablar de las gafas, no las de Adrián León, sino de las gafas del mundo, del candado que ponemos a los sentidos, de las limitaciones del alma; de la precaución, del peligro que representa arriesgarse en este alegórico oficio de vivir. Le compartí algo que Esteban sabe de mí: la intensidad. Podría explayarme eternamente explicando lo positivo pero también lo riesgoso que es la intensidad. Soy partidaria, una persona plenamente convencida, de que este oficio se vive soltando y resistiendo, pero también creando y sintiendo, y no hay forma más bella de crear espacios y momentos sino abrazando el interés y la intensidad.
«Lo arañó un gato», interrumpió Esteban ante un escénico discurso que me salía de las entrañas. «Un gato le arañó el ojo». Una pausa se apoderó de la conversación, y después cambiamos de tema.
«Presupongo, luego existo
y entre penumbras,
me creo realidades que solo viven en el imaginario.
A veces pinto de colores afanados
los grises que la inmediatez tiene para mí.
Presupongo, luego confirmo
Descarto
Corrijo
Me equivo
Debo dejar de correr”.
Hay cierta paz en la equivocación.
