Más que un vehículo técnico de comunicación, el español es una conversación íntima con la poesía y el deseo, un sorbo abundante de realidad y palabras inexactas que construyen la disvariante genialidad de la creación, del invento, de lo irreal.
“Dis” de contrariedad, de discrepancia, de lo distinto. “Variante” como una manifestación diferente de la esencia original de la vida.
Disvariante: de la inmensa posibilidad de cambiar la palabra y seguir siendo clara al expresar, al hablar y al escribir.
Disvariante como el pleonasmo y la burla, como el “te quiero y no te procuro”, como el “te pienso y no lo sabes”, y no lo sabes porque no soy clara, porque no te escribo aunque me esté muriendo, porque intuyo lo que no sé de ti, porque de ti no sé nada pero ya me lo he imaginado todo.
El idioma y la barrera, la posibilidad de escribirte y la genialidad de que nunca sepas que estas palabras son para ti.
Gracias al español, por la posibilidad de abrazarte sin saber las notas de tu aroma, gracias a este idioma, por la posibilidad de la riqueza léxica que permite disvariar, disvariarte en un pensamiento.
Estando aquí, tú estando allá. Aquí tú existes aunque allá yo no figure, tú y yo no somos, pero en este escrito, tú yo ya destrozamos hasta el idioma.
