He pedido once señales a la vida, once maneras distintas en diversos momentos de mi existencia, en los que imploro claridad, o en su caso, un poco de determinación y valentía.
Estos últimos días deposité dos de esas peticiones en resolver mi desiderata situación. Mi primera solicitud fue pedirle a la «Creación» o a la «Fuerza Creadora» (tengo una empecinada obsesión por feminizar lo que históricamente fue masculinizado), que por favor, me brindara una señal para decidir iniciar una conversación con Desiderato. La señal no llegó, y para mí esa fue una señal.
Pese a la claridad del silencio, en un momento de arranque que presumí congoja y una profunda pérdida en Desiderato, le envié un pensamiento hecho abrazo, pero inmediatamente comprendí que no era el momento, ni siquiera la vía precisa. Entendí, creo que a tiempo, que si no puedo poner freno a mi intensidad, no habrá manera de que otras personas entiendan toda la energía que se deposita en mi pecho.
La segunda ocasión donde imploré claridad, fue cuando le pedí a la Creación, me diera la valentía suficiente para desistir de la idea de Desiderato. Le rogué que transformara estas inquietantes ganas, en un agradecimiento profundo por volver a creer en mi escritura; y bueno, aquí estoy, intentando despedirme de lo que nunca comenzó.
Quizá llegue el momento en que Desiderato, por casualidades que no he de entender, o por azares que tengan nombre y apellido, llegue a leer las líneas de estas cuatro misivas. Espero que cuando lo haga, y aquí viene una doceava súplica, una jocosa sensación invada sus sentidos, le resulte gracioso y chispeante la historia que se logró crear con la sola idea de él. Suplicaré al destino que no le invada un profundo terror, ni las vacilaciones del acoso atraviesen por su mente.
He estado tentada en hablar con Esteban, pero mi onceava petición me bañó de paciencia y cordura. Decidí no hacerlo, ya todo lo he narrado, y también he agradecido a Desiderato la bondad de la inspiración con la que me invadió. Gracias a la idea de él, he vuelto a creer en mis ganas por redactar, en la composición y en la ferviente narrativa poética. Gracias a todo lo que ignoro sobre su existencia, he logrado imaginar que el romance existe, que la inspiración se alberga y resiste, en la admiración y en la ternura de lo desconocido.
Si aquél sujeto de gafas oscuras llegó a mi vida para recordarme mi gran pasión, entenderé que Adrián León no fue sino un recordatorio de lo que más amo en el mundo.
Una nunca sabe lo que vendré mañana, quizá después de que se llene de estas letras, comparta con Desiderato las nueve peticiones que no he redactado en esta misiva, o quizá, el porvenir del mundo material no nos demande ninguna explicación de lo sucedido. Quizá únicamente basten estas cuatro cartas, para que cada quien siga en lo suyo, con sus búsquedas y demonios, con sus intrigas y sueños, como hasta ahora sucedió.
“Y recordaré esta idea,
como el anhelo más grande por huir,
por construir un comienzo que solo vive en donde me dejan vivir.
Y recordaré de ti,
los arañazos del destino,
las vacilantes y buenas intenciones,
aquellas gafas oscuras,
que te salvaron de mí”
Hay un poco de Desiderato en mí.
